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El júbilo de la Vida

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Cuando finalmente nos integramos en la Fraternidad, encontramos a Dios. No me refiero al antropomórfico, creado a imagen y semejanza del ser humano falible. Así, no nos atormenta más la ansiedad de negar o probar Su existencia. Sencillamente, Él es aspirado por nuestro Espíritu, como el aire, lo que también nos permite vivir y sobrevivir dignamente. El júbilo de la vida es lo que le ofrecemos.

Hay personas que matan o se destruyen en días gloriosos de sol. Los pájaros cantan, las flores se abren, tanta belleza alrededor y el Ser Humano no lo percibe. Y está todo allí, invitándolo a la práctica del bien y a vivir feliz.

Advierte Jesús en Su Evangelio según San Mateo, 6:23: "Si, tus ojos son malignos, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que  hay en tí es de tinieblas, ¡qué grandes tinieblas serán!"  He aquí que todo le parecerá tenebroso si mantiene el alma sombría. El Padre Celestial le ofrece todas las riquezas de Su vida; y usted persiste en quejarse, ¿exigiendo más? Cuanto mayor es la lamentación, menos productivo se es. ¿Observaron que los que se quejan mucho realizan poco o nada? No hablo de reivindicación justa.

El júbilo de la vida es aquel que le damos. Por consiguiente, si esta fuera altamente desafiante, no querrá decir que no se vuelva rica en realizaciones y felicidad. Tiene que ser vivida en magnitud, pues siempre hay ocasión de vivir el bien. Y cuando sentimos a Dios, que es Amor elevado a la enésima potencia, la vida alcanza el ritmo y la extensión de la Eternidad. Es decir, espacio y tiempo, integración en el Día del Señor, conforme leemos en el Apocalipsis, 1:10.

Respetar la propia existencia

Necesitamos saber mensurar la intensidad de la vida por lo que la persona sabe disfrutar espiritualmente.  Por esto, el suicidio es uno de los peores crímenes que el individuo puede perpetrar contra sí mismo. De ahí la necesidad de respetar la vida. Reflexión de mi autoría, en Cómo vencer el sufrimiento: Honremos, pues, el extraordinario don que Dios nos concedió, que es la vida, y Él siempre vendrá en nuestra ayuda, mediante los más inimaginables y eficientes procesos. Es sustancial que humildemente entendamos sus recados y los apliquemos con la buena voluntad y eficacia que Él espera de nosotros. Sólo nos puede educar el Espíritu la permanente sintonía con el Poder Divino, para que esté en condiciones de sobrevivir al dolor, aún en la plena exaltación de los desatinos humanos.